23 de mayo de 2017

Castillo de Trakai


El castillo de Trakai está situado a unos 30 kilómetros de Vilnius, capital de Lituania. Parece ser que este castillo de construyó en el siglo XIV y que fue fundado por el Duque Gediminas, uno de los gobernantes del Gran Ducado de Lituania más querido por esta nación, del que se dice que se resistió a los múltiples intentos de cristianizar el país. En este castillo nació también, en 1350, Vitautas el Grande, gran Duque de Lituania, que tenía también el título de Príncipe de Trakai y que se convirtió igualmente en héroe nacional.

Del castillo de Trakai inicial en la isla se pasó posteriormente a dos castillos. Uno en la isla, y el otro en tierra firme. Fueron años de disputas intestinas en Lituania, que terminan con la conquista del castillo por parte de Vitautas el Grande, que era nieto del fundador Gediminas. Desde entonces, Trakai se convirtió de facto en la capital política del país, desde donde se decidía el futuro de Lituania, aunque la capital oficial seguía siendo Vilnius.


Al original castillo de Trakai del siglo XIV lo sustituyó una fortaleza, en el siglo XV, de ladrillo rojo, que es la que podemos ver en la actualidad. El castillo pasó durante los siglos siguientes por varias manos, siguiendo los designes del país. A partir de 1569, el Ducado de Lituania se une al Reino de Polonia y la importancia del castillo disminuye. A finales del siglo XVIII la población y toda la región es anexionada a Rusia y en el siglo XX pasó a manos alemanas, polacas, soviéticas y nuevamente alemanas, esta vez tras la invasión nazi. Pasada la Segunda Guerra Mundial, los Países Bálticos son nuevamente anexionados a la Unión Soviética, hasta que a finales del siglo XX, esta se desmiembra y Lituania alcanza definitivamente, la independencia.


En la actualidad, las salas del castillo están acondicionadas como museo en el que se exponen monedas, manuscritos y restos arqueológicos, entre otros.


Fuente:

* http://milviatges.com/2014/castell-de-trakai-lorgull-del-poble-litua#

15 de mayo de 2017

El limosnero de Triana

Sevilla
A mediados del siglo XVIII, un tal Juan Elías vivía en el convento sevillano de San Pedro Alcántara como "donado", esto es, como laico que llevaba el hábito religioso y realizaba tareas de servicio a la comunidad. Elías, que tenía unos 50 años, se dedicaba a recoger limosnas y por ello recorría los barrios de la ciudad, donde se había labrado fama de hombre santo y virtuoso gracias a su hablar pausado, su voz dulce y su aire sereno.

El servidor de San Pedro de Alcántara aprovechaba sus visitas para mantener conversaciones piadosas con los vecinos, a los que solía explicar el padrenuestro y terminaba diciéndoles que todos los hombres son hermanos ante Dios y debían amarse los unos a los otros. Con este pretexto, el hermano Juan empezó a acudir a casa de una mujer del barrio de Triana, Francisca Moreno, de 35 años y casada. Tras ganarse su confianza con coloquios piadosos, aprovechaba para hacerle caricias y darle abrazos, diciendo que no había mala intención en ello, pues solo pensaba en Dios.

En una ocasión logró que lo recibiera en su dormitorio, donde la abrazó durante "medio cuarto de hora", pero ella lo interrumpió, le dio la limosna que pedía y lo despidió. Volvió al cabo de unas semanas para declararle que no hacía más que pensar en ella, pero la mujer había escarmentado de sus tácticas y le preguntó "si el tenerla presente en todo momento era para encomendarla a Dios". El hermano Juan no tuvo más remedio que renunciar a su empresa.

A continuación, Elías probó fortuna con otra vecina de Triana, Teresa del Barco, soltera y de 25 años. Con ella fue más al grano. Le aseguró que podían acostarse sin cometer pecado, pues "aunque yo u otro cualquiera haga esto y le tome las manos y la abrace, estando en Dios como estamos, no es pecado ni cosa mala [...] y si entrara a este tiempo alguno y lo viera y dijese cómo hacía esto, se escandalizaría él pero a nosotros no nos daría cuidado porque estamos en el amor de Dios y sabemos que en ello no pecamos". También intentó convencerla de que tenía dotes providenciales pues, según aseguraba, había previsto la muerte de la hija de una vecina.

Entretanto, Francisca había tenido escrúpulos por lo sucedido y decidió consultar con su confesor, quien la instó a que denunciara el caso a la Inquisición sevillana. En su declaración, Francisca reveló que su vecina Teresa tenía también tratos con el limosnero, por lo que el tribunal la convocó igualmente. Basándose en el testimonio de ambas, los calificadores -miembros del tribunal inquisitorial que determinaban el tipo de delito cometido- elaboraron un informe sobre el reo.

Según los inquisidores, Elías era un seguidor de la doctrina herética de Miguel de Molinos (1623-1698), quien defendía que podía alcanzarse la gracia mediante la contemplación y que fue condenado por la Iglesia por cometer actos inmorales, lo cual no había impedido que surgiera una corriente de seguidores en diversos países católicos, los llamados molinosistas.

El tribunal también calificó a Elías de hipócrita, embustero, ignorante de lo que predicaba y sospechoso de un delito leve en cuanto a fe, por lo que fue encarcelado y condenado.


Fuente:
* María Lara Martínez, 'Las artimañas del santo varón sevillano que predicaba el amor universal'. Historia National Geographic nº 161


8 de mayo de 2017

Batalla de Teutoburgo

La conquista de la Galia por parte de Cayo Julio César dejó el Rin como frontera del poder romano, y así permaneció durante unas cuantas décadas, mientras se sucedían las guerras civiles del final de la República. No fue hasta después de la batalla de Actium y el establecimiento del principado de Cayo Julio César Octaviano, más conocido como Augusto, con los problemas internos solucionados, que Roma volvió a interesarse por sus vecinos en diversas fronteras del imperio.

Julio César ya había atravesado el Rin durante la guerra de las Galias, para hacer operaciones de castigo contra algunas tribus germánicas, pero no había intentado ninguna conquista más allá del río. Augusto, con una Galia ya prácticamente integrada en el imperio, decidió ampliar el radio de influencia romano más allá del Rin.

Todo empezó en el año 9 a.C. cuando el gobernador romano de Germania, Publio Quintilio Varo, que se había casado con la sobrina nieta del emperador Augusto, estableció los campamentos de verano de sus tres legiones (la XVII, XVIII y la XIX, de unos 5000 hombres cada una) en territorio querusco. Dos legiones fueron dejadas tras el Rin. Varo se hizo muy amigo de los jefes queruscos incluido el famoso caudillo germano, Arminio. Varo no se daba cuenta de que Arminio le veía como un invasor de su país y conspiraba contra él con los jefes de otros grupos germanos. Algunos de los jefes trataron de prevenirle, pero Varo fue convencido para que concediera a los conspiradores destacamentos legionarios, que le dijeron necesitaban para guarnecer ciertos puestos y escoltar los convoyes de suministro para el ejército romano.

Augusto
Pese a no disponer de muchos datos sobre las acciones de Arminio, lo que sí es seguro es que el líder germano necesitó tiempo para reunir unos 20.000 guerreros. Eso significaba citas con los jefes de las distintas tribus y clanes, mensajes, visitas, etc; lo que conllevaba tiempo, ausencias de los campamentos, reuniones... en definitiva, datos de que algo se estaba tramando.

En septiembre Varo había llegado con sus tropas hasta el interior de Germania por el Lippe y había permanecido allí varios meses sin demasiadas novedades, por lo cual ya planeaba la vuelta a sus cuarteles de invierno. En ese momento Arminio le informó de la existencia de una supuesta sublevación algo más al norte.

Varo mandaba tres legiones, tres alas y seis cohortes auxiliares además de numerosos carros, mujeres, comerciantes, sirvientes y un largo tren logístico. Un ejército enorme al que habría que sumarle otras fuerzas esperando en los campamentos de verano. En ese momento dos decisiones tuvo que tomar Varo: una era si acudir a sofocar la revuelta o regresar para invernar en un lugar más confortable que los campamentos del Lippe. En segundo lugar creer a Arminio y la presunta rebelión o al tío de Arminio, Seginio, quien lo alertaba sobre la trama del querusco.

Ante la primera disyuntiva Varo optó por cambiar el rumbo de su ejército y dirigirse hacia el lugar de la supuesta rebelión, quizá Varo no era tan indolente como lo describen las fuentes. Respecto a la segunda creyó al equite. Es posible que la incompetencia de Varo no le hiciera captar la advertencia de Seginio; pero también es posible que tuviese en cuenta la enemistad entre tío y sobrino, como un intento de desprestigiar al joven Arminio.

Los romanos constituían un ejército profesional, con pocas tropas ligeras, basando el peso de su fuerza en las legiones y por tanto en la infantería. Esta era en su mayoría pesada y muy bien protegida. Quizá carente del arrojo inicial germano, pero sí con una enorme disciplina. No solían existir lazos de parentesco entre ellos, aunque los años y el estar muy lejos de su tierra natal les otorgaba una gran cohesión.

Mientras tanto los germanos más bien constituían una milicia de guerreros, muy fieros al principio, pero carentes de orden, disciplina, constancia y sin una cadena de mando que reemplazase a los jefes si estos caían. No obstante se les reconoce el esfuerzo de recoger a sus muertos en combate, en lugar de abandonar el campo de batalla cuando la situación se volvía peligrosa. Llevaban poca ropa o incluso iban desnudos. Portaban arcos, lanzas, venablos y otras armas arrojadizas ligeras. Las lanzas en punta de metal eran escasas, mucho más las espadas y corazas. Solían pertenecer a la misma tribu y les unía el parentesco.

No sabemos con exactitud el orden de marcha ordenado por Varo, lo que sí nos dicen las fuentes es que fue el propio de unas tierras pacificadas y no unas en rebelión como en realidad estaba esa parte de Germania. Muy probablemente Varo optó, en el mejor de los casos, por el clásico orden del ejército en aquella época.

Primero iría la caballería auxiliar germana y tras ella los arqueros, ambos con la misión de reconocer el terreno y evitar cualquier emboscada. En esto estuvo el primer error táctico de Varo o la primera victoria de Arminio. Esas fuerzas, que debían ser los ojos del general y la protección contra posibles espías, desaparecieron enseguida, unas tal vez por eliminación pero muchas otras probablemente por deserción.

Detrás iría un destacamento de infantería y caballería romana que llegado el caso podría advertir del panorama observado. Pero los germanos, quienes ya conocían esto, los fueron atacando y aniquilando.
Monumento dedicado a Arminio
junto al bosque de Teutoburgo

Después caminaban los zapadores quienes se ocuparían de delimitar y comenzar a levantar el siguiente campamento. Estas fuerzas salían varias horas antes que el grueso de las tropas. Quizá por esa razón, cuando Varo se dio cuenta de que algo estaba yendo mal el grueso de su ejército ya habría penetrado en el bosque de Teutoburgo y la trampa estaba a punto de cerrarse.

El bosque de Teutoburgo resultó ser un terreno muy abrupto, lleno de grandes raíces y árboles muy anchos que hacía difícil el avance y obligaban a los legionarios a caminar casi en línea, por unos senderos estrechos. Esto ya suponía un dificultad para un ejército que carecía de arqueros y tropas ligeras, pasadas al bando germano o eliminadas.

Marchando confiado y probablemente en cuarta o quinta línea, Varo no debió presentir el peligro y quizá no era consciente de que, una vez dentro del bosque, salir de aquella selva sería difícil, cualquiera que fuese la dirección tomada. Pero este exceso de confianza puede ser normal en una provincia considerada parte del imperio romano desde hacía unos 20 años.

La jornada comenzó con una fuerte tormenta. El viento llegó a tronchar algunas copas de los árboles, las cuales cayeron sobre los legionarios, creando confusión y rompiendo las líneas aún más. El agua debió ser copiosa haciendo más lenta la marcha.

Una vez dentro del bosque los germanos lanzaron un ataque tras otro. Flechas, venablos y algún que otro choque cuerpo a cuerpo rápido para aprovechar su mayor movilidad. Después se retiraban y los romanos no podían perseguirlos. Durante todo el día el acoso fue constante y las bajas comenzaban a crecer, pese a no saberse en la actualidad con certeza el número. Los escudos, empapados de agua, resultaban casi imposibles de mantener altos, por lo que la única defensa la proporcionaban las lorigas. La caravana era demasiado larga para defenderla toda, las pesadas lanzas romanas no alcanzaban a los germanos. Toda una retahíla de esfuerzos y frustraciones.


La noche no resultaría muy reparadora por varios factores como el miedo a saberse dentro de una ratonera, la humedad y posibles ataques. A la mañana siguiente Varo cambió por completo el orden de marcha para ir más agrupados y darse cobertura mutua. Asimismo sus hombres quemaron y destruyeron todo lo que les enlenteciera e incluso cubrieron los cencerros de los animales con vegetación para no ser delatados. Lo que indica un cambio de actitud en aquellos soldados: de ser un ejército eminentemente ofensivo habían pasado a evitar los ataques en la medida de lo posible.

Las fuentes no aclaran donde acamparon ni que ruta tomaron después, por eso la batalla estuvo siempre sumida en un mar de posibles emplazamientos, lo que sí nos cuentan es que los cambios en el orden de marcha no debieron de servir de mucho y los ataques, las bajas y la desmoralización volvieron a hacer acto de presencia con más fuerza si cabe.

Los ataques siguieron produciéndose. Ese día la caballería romana trató de huir por su cuenta, lo que dejaba a los infantes aún más en desventaja. Con esa huida habían perdido ya cualquier capacidad de perseguir a sus atacantes. El propio Varo fue herido y murió a lo largo del día, o se suicidó sabiendo las torturas que le aguardaban si era capturado, las fuentes no se ponen de acuerdo. En cualquier caso la muerte del gobernador debió ser otro golpe duro para los soldados, mucho más si este realmente se suicidó, demostrando que no veía salida.

Pese a todo siguieron avanzando por el bosque y al final del día, probablemente extenuados por la marcha comenzaron a montar el campamento. Que levantasen un segundo asentamiento y no volvieran al primero, mejor fortificado, quizá indica que al principio no veían un peligro de ataque masivo y avanzaron hasta no merecer la pena volver atrás.

Para la tercera jornada Arminio había preparado y camuflado una línea de fortificaciones cerca de Karkriese, donde unas colinas cerraban el camino por un lado y un pantano lo hacía por el otro. Probablemente con las técnicas aprendidas de los romanos, los queruscos y las otras tribus cavaron fosos, levantaron empalizadas desde las que pudieran disparar los arqueros y dejaron huecos para permitir a la infantería germana salir, atacar y volver a cubierto.

En ese angosto paso el ataque debió ser terrible y los romanos perdieron del todo la formación. Según los historiadores la mayoría se dejaron matar porque debían estar sin aliento y sobre todo sin esperanza.

Sin embargo la arqueología indica que las reacciones fueron variadas. Muchos trataron de huir por el pantano en varias direcciones, pues se han encontrado varias monedas y bolas de plomo de la época esparcidas por el lugar. Por su parte, en varios tramos de las colinas han aparecido gran cantidad de clavos utilizados en las suelas de las sandalias romanas. Lo que indica que un grupo al menos realizó un último intento de trepar por el montículo y atacar a los germanos que los mataban desde allí. Se calcula que debieron caer en aquel lugar entre 6.000 y 7.000 legionarios.

La derrota de Varo y la recuperación de Germania se convirtieron en casi una obsesión para Roma.


Fuentes:

4 de mayo de 2017

Averroes, el filósofo andalusí

Averroes
Abu-l Walid Muhammad ibn Rusd, nombre que se latinizó como Averroes, nació en Córdoba en 1126. Hijo de buena familia, su padre fue cadí de Córdoba y su abuelo había sido consejero de soberanos y príncipes.

Ya de joven, Averroes llegó a ser considerado un gran jurista. Además estudió teología y literatura y también se convirtió en un gran médico, sin olvidar sus estudios de astronomía y filosofía. Dicen de él que en toda su vida solo dejó de estudiar en dos ocasiones: el día de su boda y el de la muerte de su padre.

El primer califa almohade Abd al-Mumin (1130-1163) le confió varias misiones; su sucesor Yusuf (1163-1184) lo tuvo en gran estima. El soberano era entendido en filosofía y planteó problemas de esta disciplina a Averroes cuando le fue presentado por el médico de la corte Ibn Tufayl, otro filósofo hispanoárabe conocido en Occidente por la novela místico-filosófica Hayy ibn Yaqzan.

Al principio, Averroes se mostró reticente, porque conocía los riesgos de profesar la filosofía en un ambiente que tendía a identificarla con la herejía; pero cuando vio que el mismo califa planteaba un tema arriesgado, ya no vaciló y conquistó con su doctrina el ánimo de su interlocutor, quien le regaló una gran suma, un suntuoso abrigo de pieles y una bella cabalgadura. Lo nombró además médico de corte y le confió, en España y en Marruecos, una serie de misiones que culminaron en 1182 con el nombramiento de cadí de los cadíes de Córdoba.

Bajo el reinado del sucesor de Yusuf, Yaqub al-Mansur (1184-1199), continuaron los honores; pero en 1195, el califa, cediendo a las presiones de los teólogos y de los canonistas, que veían en las ciencias un peligro para la religión, publicó un decreto y confinó en Lucena a su protegido, que había sufrido el disgusto de ver cómo se quemaban sus obras en la plaza pública. Tres años después, en 1198, el califa volvió a llamar junto a sí a Averroes, que murió pocos meses después en Marrakesh.

Averroes fue conocido en Occidente como "el Comentador" por haber traducido y divulgado las obras de Aristóteles. De entre sus numerosas obras, destacan precisamente los Comentarios a Aristóteles, de los cuales existen el Comentario mayor (1180), en el que explica frase por frase el corpus aristotélico; el Medio, en el que explica el conjunto de los textos, y el Pequeño comentario o paráfrasis (1169-78), que resumía su significado general. También comentó La república de Platón.

Entre las grandes inquietudes de Averroes destacó la de delimitar las relaciones entre filosofía y religión. Para Averroes, la religión verdadera se encuentra en la revelación contenida en los libros sagrados hebreos, cristianos y musulmanes. Pero libros como el Corán, aun siendo base de la religión verdadera, están dirigidos a todos los hombres, y no todos tienen la misma capacidad de comprensión. La verdad auténtica sólo la alcanzan los filósofos, que basan sus conocimientos en demostraciones rigurosas y absolutamente lógicas. Es obligación de los filósofos descubrir, más allá del sentido literal del libro sagrado, la idea oculta bajo las imágenes y los símbolos.

En cuanto a la medicina, Averroes escribió diversos tratados entre los que destacan el Kulliyyât o Libro de las generalidades de la medicina, traducido al latín medieval bajo el título de Colliget y muy difundido en el Renacimiento, y los Comentarios a Galeno.

Por su reivindicación de la filosofía, por su valiosa contribución científica y por el espíritu innovador que inspira su pensamiento, Averroes parece más un intelectual renacentista o un filósofo moderno que un pensador medieval ligado a la tradición. Entre los precursores de la cultura europea moderna, Averroes ocupa, un lugar de primer orden. En Oriente, en cambio, la filosofía de Averroes pasó prácticamente desapercibida.


Fuentes:

* http://www.uv.es/charco/documentos/averroes.htm
* http://www.webislam.com/articulos/60932-averroes_y_sus_aportes_a_la_filosofia.html
* http://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/averroes.htm


Creative Commons License
Paseando Por la Historia está bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial 3.0 España.